abril 17, 2012

Crónica - Viaje en Bus


No hay nada más bonito que un lunes festivo se aparezca de vez en cuando en el calendario cuando uno tiene clase de 6 am y en mi caso, la asignatura de evaluación del aprendizaje era genial porque el profe era muy bueno en la forma como impartía la cátedra y en cada sesión sentía que aterrizaba mis perspectivas sobre mi carrera universitaria, pero era una batalla constante contra el buen dormir dominical que va acompañado de un plan hasta altas horas de la noche, esperando que el último reducto de soledad se materialice en la desconexión de tan pesada semana académica que tuve después de presentar tres parciales consecutivos, de miércoles ha viernes y después llegó el sábado con todos los deberes que uno siempre, como estudiante universitario, deja acumular para tener la sensación de que en realidad se está haciendo algo en la vida y por supuesto, yo no podía ser la excepción del conglomerado estudiantil, sin embargo, tener que madrugar a las cuatro de la madrugada y válgame la redundancia que vivo en Piedecuesta y más de uno dibujará una expresión de asombro después de leer el monumental esfuerzo que significa combatir la pereza con cachetadas de agua helada que caen por mi rostro y mi espalda, sobre todo en esta última, como afilados cuchillos que me desprenden el rastro de las apetencias nocturnas del buen vivir y además, esas goticas sobre goticas, van acompañadas del tic-tac del reloj que no deja de avisarme que otra vez voy a treinta minutos tarde y un asomo de culpabilidad me impulsa a salir lo antes posible de mi casa porque, de eso estoy seguro, el profe habrá llegado mucho más que temprano a abrir el salón y de paso, arrastrar el sol hasta el amanecer bumangués termina siendo algo hermoso para mi: la mayoría de las veces es como un segundo atardecer, con arreboles al oriente y un cielo violáceo que hace más que el más fuerte de los cafés para terminar de despertar a cualquier desprevenido ciudadano que tiene que empezar su jornada laboral dos horas antes que el común de la gente tiende a pensar en los estudiantes de la UIS como un perfecto símil de la contradicción: mientras sus aulas son sagrados recintos de formación académica, los pasillos, los espacios abiertos, los baños y, de vez en cuando, la plazoleta del Che, son el territorio para deliberar acerca de una revolución social, entre bareta, tinto, cigarrillo y uno que otro siempre buen libro, acompaña mi trayecto desde la casa hasta la universidad, cuando el silencio de las grabadoras en los buses urbanos se compadece de mi desayuno intelectual, enfilando sus caballos de potencia rumbo al norte de la ciudad se ve tan distinta en el silencio, al despuntar del alba me imagino que en medio de todas las lucecitas de los barrios bajos y altos, también debe haber otro ciudadano intentando despegarse de sus cobijas, mirándose al espejo y combatiendo la marcha del reloj, revisando en la nevera su posible desayuno y, en algunos casos, adelantando parte del almuerzo porque hay muchos trancones al mediodía o, simplemente, echando en un portacomidas lo necesario para bajar bandera; existe un aire de complicidad alrededor de todos nosotros: es tóxico y se llama ‘los tiempos modernos’ exigen vivir en una constante cabalgata para cumplir con nuestras obligaciones, responsabilidades y a pesar que desde pequeño siempre me advirtieron que debía organizar mi agenda para que me alcanzara el tiempo para todo, también siempre me confío que hoy es un lunes que el profe va llegar fuera de su horario habitual para desagraviar la pereza de sus estudiantes de sexto semestre de licenciatura en español y literatura, pero sería lo más insensato que pudiese hacer: dejar que uno pocos individuos, en proceso de formación para formar más individuos para la sociedad, trastoquen su disciplina tan bien recibida por la comunidad universitaria que al momento de escuchar su nombre, sonríen y dicen que él es un buen profesor, excelente en mi concepto, pero que más da: ya estoy montado en el bus, escuchando las noticias del ‘Tico Marín’, dejando que el frío cale en mis huesos la esperanza de tener un buen comienzo de semana, mientras distraigo la mirada en las lucecitas de la ciudad que ya empiezan a desaparecer, poco a poco, lentamente, con los primeros rayos de sol.

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