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noviembre 29, 2010

Cazando al Cazador




Los sifones son un buen invento. Se me parecen a un vórtice por el que las cosas se despiden para luego aparecer en los titulares de los periódicos cumpliendo su función de agentes contaminantes. ¿Sonó muy técnico? Las semillas de guayaba son de las más divertidas de arrojar: obstinadas en el juego del agua en el lavabo, siempre queda una que otra y con las ganas de no untarme termino haciéndolo con la última. No me preocupo si serán parte de la primera plana. No leo el diario.

Enciendo el televisor, noticiero del medio día, titulares de catástrofes, de muertes, de acuerdos económicos, de hinchas furibundos, de celebridades de falso mármol, en fin. Los noticieros son un buen entretenimiento, al igual que los sifones.

Estoy a punto de cambiar el canal pero la musiquita que anuncia la noticia de última hora congela mi pulgar: Hallan muerto al vicecanciller Cubides en su despacho. Las causas del homicidio son hasta el momento desconocidas pues el vicecanciller ha sido reconocido por su excelente labor en acciones humanitarias y relaciones internacionales. Se espera que medicina legal dé el reporte de la autopsia mañana al mediodía para continuar con la investigación. (Camila: ¿qué han dicho las autoridades acerca de la escena del crimen, que tipo de pistas pueden liderar la investigación?) Hay un hermetismo de parte de las autoridades pues no desean revelar detalles a los medios de comunicación, tal vez por respeto a la familia del vicecanciller. Sin embargo, estaremos atentos al desarrollo de los hechos. Esto es algo que conmociona a la nación, el vicecanciller fue alguien sin tacha, que recibió distintas condecoraciones por su labor, incluyendo la orden al mérito militar cuando regresó como héroe de guerra en Vietnam. Repito, esto es algo sin precedentes en la historia de la nación, hallar a uno de sus funcionarios asesinado en su propio despacho a plena luz del día sin que los agentes de seguridad pudieran haberlo impedido.
(Comprendemos lo sucedido y esperamos que se logre esclarecer el hecho y no dejar impune este crimen que alarma a la nación.) Estaremos pendientes al desarrollo de los hechos desde aquí, la cancillería de estado. Informó Camila Ibarra. (Gracias Camila, en otras noticias…).

Buen entretenimiento. Eso de que las autoridades permanecen herméticas es otra de esas excusas para mover los piñones. ¿O debo decir ‘engranajes’? La maquinaria no opera para aquellos que la mantienen bien aceitada. De todos modos, sin importar quien haya sido el asesino, debo reconocerle la osadía y estética de labor.
A lo mejor no debió haber utilizado un arma de fuego, con un sencillo golpe de carpintero en la nuca, suave y leve, la persona puede perder más que el conocimiento.

El jugo de guayaba no es que sea la mejor recomendación para analizar los homicidios pero el dulcecito estimula. Los periódicos, a diferencia de los noticieros, no necesitan mostrar imágenes contundentes, solo unas cuantas palabras en el orden preciso ahorran mucho dinero. Por ahora, lo único que me interesa es marcar en el calendario la fecha para la otra pluma: el ex secretario de gobierno. Su víctima fue una hermosa mujer, de cabellos oscuros, de mirada felina y cuerpo egipcio. El ex secretario no quería que, en sus tiempos de candidato para el puesto que le alcanzó el renombre, un escándalo por sus desórdenes sexuales manchara al ejemplar veterano de guerra, ejemplar padre de familia, ejemplar del progreso de la nación. La doncella, que murió en un discreto accidente de tráfico, quería dejar de ser la noche de este hombre. Deseaba el puesto que merecía al lado del adinerado vegetal. Pero la ambición tiene sus límites y el ex secretario estuvo dispuesto a ponerle el precio a su amante por cinco de los grandes; lo que el no sabe es que yo tengo que completar mis alas para volar.

Matricidio




El inmenso vacío de la habitación era el confidente del revolver sin balas. El tambor giraba con un deseo de ser cargado. La mano estaba ansiosa por sentir el frío de cada uno de los proyectiles que volarían con un distante placer de estallar. Bastin. Él sólo cumplía con las peticiones del cliente.
El cliente siempre tiene la razón.
Lugar, hora, fecha y foto. Sin nombres. La mitad del pago en el bote de basura.
El callejón oscuro y desolado.

La mujer vestía su cuerpo con la seda de matrimonio. Sus ojos cautivadores y sus labios un deseo. Figura perfecta: tez blanca, voz morena. Se miraba constantemente en el espejo, por temor a perder el reflejo de su belleza.
Sus pasos se cruzaron con los de un hombre financiero, y sus manos se emocionaron con el anillo de compromiso. Lugar: capilla de Santa Lucía.

Mala costumbre tienen los asesinos de estos tiempos, la de vestir como gente normal. Atrás quedó la elegancia, la apariencia, la verdadera imagen. Desaliñados porque creen que su nombre lo será todo. Otros, con sueños de estrella televisiva, piensan que cuando su rostro sea publicado en los medios, su carrera tomará vuelo.
Bastin, piensa que cuando la bala toque el corazón y este deje de latir, la constante reprimenda de la conciencia llegará a su fin.
Sólo por un momento.

Las amigas se regocijan con la alegría de la futura infeliz; le desean los mejores augurios y las mejores intenciones para que no desfallezca en la lucha por el amor. Ella toma los consejos pero luego los desecha: ninguno tiene sentido. Ninguna amiga ha sido argollada.

En cambio si escucha a su corazón: late preso de la ansiedad. Esos son los corazones más detestables para las balas. Ellas los prefieren pasivos porque así no habrá desperdicio de sangre; ellas los prefieren pasivos porque no opondrán resistencia.

Un chasquido las recibe en las seis cámaras del tambor. Revolver en el costado de la siniestra. Zapatos brillantes. Mirada inconclusa. Belleza radiante y futura esposa. Un taxi. Una caravana. El sol marca las cuatro. Los galanes y las indecisas forman el camino de honor para la prometida. Paciente espera en el altar, el hombre, ataviado para besar a la parca.

El taxi se estaciona a dos esquinas de la capilla. Plan de escape: incineración del vehículo, previa muerte del conductor, posterior abandono del cadáver. Estrangulación. Ningún proyectil destinado para el inocente.

La música marital invade la capilla; los corazones de los presentes se unen en un solo latido: los pasos de la novia.

El corazón de Bastin late preso de la ansiedad.

Ceremonia de iniciación, lectura de salmos, aplausos y si alguien se opone que hable ahora o calle para siempre. Catalina oye que su nombre lo pronuncia una vos trémula y dominante. Los rostros se convierten en un solo ojo y atónitos miran al nuevo invitado. Revolver brillante. Una sola voz… un solo grito… seis proyectiles y un solo corazón sin latidos.

El sacerdote se santigua cómo lo indica el rito. Las sedas blancas se tornan del color del ocaso. ¿Por qué ella?
Plan de escapatoria, taxista pie en el acelerador y sudor frío en la frente; el cañón tiene la cálida sonrisa de la muerte. El corazón del asesino, detestable para las balas.
La ambulancia llega al lugar. No hay matrimonio sin novia. No hay cementerio sin tumbas. Y la conciencia deja su represión.

Esta noche hay que descansar.

febrero 24, 2009

Habla Ladrón

Toda mi vida he gozado de muchas comodidades, gracias a mi habilidad para robar. Veinticinco años de experiencia, y en esta carrera, nadie se jubila.
Con el tiempo mis técnicas fueron mejorando hasta que llegué a crear el artificio perfecto para robar: el billete perdido. Un billete de gran valor monetario abandonado en una esquina es un buen anzuelo. Y en la otra esquina, yo. Vigilante sin parpadeo. Y la persona que lo recogiera corría con la suerte de contar la historia de como la robaron. Sencillo.

Pero ese día no fue así...

Ese día, mientras fumaba un 'Piel Roja', esperando un nuevo cliente, una dama hermosa recogió el billete. Proseguía realizar los pasos siguientes a la operación pero mientras más me acercaba a ella, cada vez más iba detallando su belleza: sus cabellos negros, su piel morena, su esbelta figura; y cuando estaba frente a ella: la razón me decía lo mismo que latía el corazón. La toqué por el hombro y cuando se dio media vuelta le dije: 'Señorita, que pena, ese billete es mío'. Sonriendo me lo devolvió.

Cómo es el trabajo de agobiante que con el pasar del tiempo fui dándome de cuenta que ella siempre pasaba por allí, recogía el billete, mi anzuelo, y yo, sin fuerzas volvía y hacía lo mismo.
Sí, me empece a enamorar. Pero ya no solo le pedía el billete cuando lo recogía, no, después de un tiempo le regalaba una rosa. Cada día un color distinto.
No sé si ella gustaba de mí, o tal vez gustaba de mis rosas, porque siempre las recibía, las olía, me agradecía y se marchaba esperando verme algún otro día.
Y ese algún otro día no existió, pues entre esquina y esquina decidí no dejar un billete sino una rosa, pero un auto que por allí pasaba me negó la oportunidad de volver a verla.

febrero 20, 2009

Habla Lygia

Nunca quise hacer eso; tal vez por la vergüenza que antes me causaba, o quizás por el miedo y la ansiedad que de mi se apoderaba.
Antes de esa noche, todo era frenesí, emoción, pasión, euforia.
Durante la noche, nuestros cuerpos se consumían el uno al otro; nuestros labios se devoraban.
Después de esa noche, los recuerdos se borraron de mi memoria y mi cuerpo yacía junto al del hombre que por última vez tocó mi vida.
El lecho era un filo de sudor, sexo y alcohol donde nuestros corazones se entrecortaban y dejaban fluir sentimientos que de los más profundo de nuestro ser brotaban. Después de haber tomado su revolver del cinto y haberlo colocado bajo la lámpara de la mesita de noche del motel, lo hice mío... y el me hizo suya. Ya no habían tabúes ni tapujos que impidieran que nuestro amor se uniera. Unión perfecta... y la perfección se materializó en mi vientre.

Han pasado ya dos meses después de aquella noche y todavía me duele el haber estado con él.
Ahora sé que de los lugares oscuros no queda nada más que muerte y desolación. Él era para mi un hombre sincero, detallista; muy diferente a todos, muy a pesar de sus manos criminales que han portado las peores armas de fuego; esas mismas manos que me han demostrado su cariño, uno muy profundo.
Lo sé. Él era asesino a sueldo. No era un sicario, no le digan así. No le digan así porque ustedes no le conocen. No lo juzguen. Él me dió la felicidad, en mi vientre depositó su esperanza; el engendró un bello ser. Un ser que jamás le pudo conocer porque lo mató su capo. Y nuestro hijo tampoco conoció la luz del día...

Eso era lo que nunca quise hacer y hoy me avergüenzo de eso. Sí, lo aborté.
Y lo aborté porque no quería que conociera mi mundo, el mundo de su padre y el pasado que me atormenta. Lo aborté porque no quería que sintiera el sufrimiento que desde hace muchos días enegrece mi ventana.

La viuda

Cuentan los ancianos que hace algún tiempo, una mujer lloraba el luto de su esposo cuando había luna llena. Pero no lo lloraba en la tierra. Lo lloraba en la luna llena.
Dicen que se vestía con las ropas doradas de su difunto y cada lágrima derramada era, por obvias razones, una gota de dolor. A medida que lloraba y lloraba, La viuda dorada iba perdiendo sus fuerzas hasta convertirse, por obvias razones, en una viuda amarillamente tráslucida.
Pero las cosas tenían que cambiar.
Ella, como toda mujer, no quería seguir llorando por una pena de amor, así que decidió hacer una pintura de su difunto esposo. Entonces, en las noches de luna llena, la viuda contemplaba el rostro de su eterno amor, amor que ya se le estaba olvidando, amor que ya no le inspiraba nada.

Pero cierta noche, la viuda de la luna miró a sus pies y vió, en un planeta azul, que habían muchos hombres de todos los colores, olores y sabores. También vió que, por obvias razones, eran muy felices y eso era lo que a ella le faltaba: felicidad.
Como una buena mujer despechada, se fue de pachanga a todos los bares de la ciudad. A cuanto iba, bebía y ellos, comían. Los ropajes de la viuda se fueron tornando negros. Iba perdiendo su belleza, y cuando ella cayó en la cuenta se le olvidó quien era.
El lugar de la viuda no era la tierra sino la luna, y cuando regresó y contempló la pintura de su difunto esposo su interior empezó a regurgitar. Sentía una mezcla de sentimientos que se aglomeraban en su abdomen, con cerveza, whisky, enchilada... sentía que iba a explotar, sentía que todo eso debía salir y mirando fijamente la pintura, el odio y el amor se plasmaron sobre ella: vomitada en pasiones, odios y penas.

La pintura se fue escurriendo en el lienzo hasta desaparecer completamente. De nuevo la tristeza le embargó el corazón...
Por eso, en las noches de luna nueva, la luna no sale a pasearse en el firmamento porque su viuda está de parranda en la tierra, ahogando sus penas en el licor nocturno de los bares terrenales.

La Primera Vez

Deseo sentir el sabor de tu piel, deseo saborear cada fruto de tu vida; yaces desnuda sobre la cama vacía: cubierta estás de blancas sedas...
tu espalda es un trazo fino, deseo lamerla y sentir el sabor de tu piel.
La cocina parece vacía, pero encuentro el aderezo perfecto para mi placer. La miel cae lenta y pasiva: se toma su tiempo para dibujar en tu espalda el camino de mi deseo; el sonido de tu respiración se hace fuego en mi corazón, que late cada vez más incesante: parece cantar jazz.
Despiertas de tus sueños y tu mirada café me interroga, pero yo no le respondo, es mi cuerpo desnudo el que me domina, es tu bello cuerpo desnudo el que me excita; y sin más que poner la botella de miel en cualquier alfombra, mi lengua se asoma a su amanecer: lamerte, recorrerte, saborearte...
La miel se disuelve en tu cuerpo con mi saliva, te recorro de arriba a abajo, de abajo a arriba, y el jazz que entonan mis latidos se funden con el tuyo.
Ya no sólo quiero tu espalda, quiero tus labios, quiero tus pies, te quiero toda mía.
Nuestras miradas se encuentran, parece que se desconocen. Nuestros labios se acercan, parece que nada se les interpone. Mi cuerpo se funde al tuyo; somos una única figura que se invade así misma en medio de los besos, del sudor, del ir y venir en el suceso. Mis manos se aferran a las tuyas, siento la violencia que las empuja; tus piernas se enroscan en mi torso, las siento como serpientes que me muerden e inyectan tu dulce veneno; tus pechos los deseo más que antes... mis dedos deciden hacerte un piano para tocar en ti la tonada excelsa.
Tus párpados se cierran, tu boca se abre, mi mirada ciega se pierde en el infinito de tus cabellos. Por un instante nos contraemos, vamos a separarnos pero me aferro a tus caderas... una luz blanca nos invade y después... después yacemos el uno en el otro, bañados en un sudor eterno.
Tu mirada se encuentra con la mía, parece que se desconocen...
Tus labios llaman a los míos, parecen morderse...
Y las sedas blancas son, ahora más que antes, traslúcidas y aderidas a nuestros torsos.
Tu cuerpo entero es sabroso, quiero volver a recorrerlo. Me falta el aliento, me falta el tuyo. Te falta el aliento, te falta el mío...
Me abandono en ti...
Te abandonas en mi...
Tan cercanos, tan distantes...

febrero 18, 2009

Ser Marinero

Ser marinero no es un oficio para todos los hombres; para ser marinero es necesario ser fuerte, disciplinado, enérgico! Para ser marinero es necesario ser todo esto (y más) para no caer en las tentaciones que el mar presenta... tentaciones que visten de belleza submarina: las sirenas.

En el medio del mar, reside el 'Corazón de las Sirenas' y cuando un navegante vaya a cruzarlo los oídos deben ser sordos, los ojos deben ser ciegos... el percibir no puede hacer parte de nuestra existencia. Muchos han caído en sus redes, y es que en el mundo no existe ser alguno, tan bello y peligorso como un sirena.
Aquel día, el viento soplaba con fiereza en dirección norte... aquel día, el lobo de mar comandaba su galeón y a la distancia divisó una espesa neblina que si acaso permitía ver las sombras de los riscos. Hermosas siluetas femeninas se acicalban, recostadas en ellos.
El lobo de mar, capitán de barco sabía que le esperaba el latido del temido Corazón. En ese mismo instante recordó todas las precauciones que debía tomar. Ordenó a su tripulación que se ubicara en el bajo fondo del navío. Cerró todas las puertas y se dirigió al mástil principal. Allí, vendó sus ojos, ató sus mano y esperó... pero Lobo de Mar olvidó que el suave murmullo derriba cualquier coraza y así fue como el hermoso canto celestial, proveniente de los avernos marinos, fue penetrando en su ser; las sogas de sus manos cedieron, la vendá de los ojos cayó y la belleza de las sirenas entró por sus ojos. Así como un insecto queda prendido del aroma de las flores, así fue como los tentáculos de las voces capturaron al Lobo de Mar... navegante que dejó de ser navegante, hombre que no se contuvo ante la belleza y al mar cayó... y desde los riscos las doncellas se sumergían, una por una, y arremetieron sobre él. Los sentidos nublados se despedazaban entre las mordidas y los rasguños... pero la razón se debatía en su fin, tan próximo a morir, tan cercano a comprender que jamás en su vida debió haber sido un marinero.

Drácula Enamorado

Nunca en aquel oscuro pueblo se había escuchado antes de una historia de amor; y es que quién podría sentir aquel sentimiento si la densa niebla que allí residía , nublaba toda posibidad de amar; pero aquel hombre - que hacía mucho tiempo había dejado de serlo - no se resignaba a vivir sin una ilusión, y todas las noches atravesaba de lado a lado aquel oscuro pueblo hasta llegar a la ventana de la habitación más alta, de la mansión más costosa... sólo para verla acostada sobre aquella relajante cama. Todas las noches la observaba, tendida sobre aquel lecho, tan sólo cubierta por una delicada pijama de seda, que dejaba casi al descubierto, los mayores atributos de esa hermosa dama; y su delicada cabezita se encontraba recostad sobre los más finos almohadones de aquel pueblo.
Él, todas las noches la contemplaba sin despegar la vista de ella, cual centinela, y se vislumbraba con su pálida tez y sus labios rosa.
Él, sabía que algún día tenía que ser suya; Él sabía que ella sólo podría ser par Él... y esa noche, como todas las anteriores, trato de acercársele..., pero esta noche, como todas las anteriores, desistiría: porque Drácula tenía un pequeño problema, ella, la mujer que más amaba comía mucho ajo.

febrero 17, 2009

La vieja Teresa

La vieja Teresa se levantó esa mañana, se terció su mochila, tomó su cajita de chicles y se dirigió al semáforo de la carrera 15 con calle 36 a trabajar. Antes, cuando tenía la chaza, era más fácil, porque los clientes siempre iban a donde ella estaba y además tenía mayor variedad de productos para ofrecer: cigarrillos, dulces, mentas, chicles, y otros pasabocas. Sin embargo, el paso del tiempo se ha fortalecido en sus arrugas y en sus ojos ausentes: como dos canoas que se pierden en la inmensidad del mar. Los semáforos de ahora son diferentes, además de las tres luces, también hay malabaristas, escupe fuego, desplazados, ciudadanos que también se la rebuscan. Y los conductores manejan carros lujosos de vidrios polarizados para evitar el contacto con la muchedumbre.

A ella no le importa pagar los servicios, no. Todavía vive en la vieja casa de tapia y bareque donde sus sueños se le esfumaron... porque ella perdió su esposo mientras él defendía algo que los libros de historia llaman 'patria' y su único hijo, el Albertito, la abandonó cuando se casó por puro interés económico. A ella lo único que le importa es atinar a los tres golpes diarios: desayuno, almuerzo y comida. Y esa mañana, que los relojes convirtieron en mediodía, la vieja Teresa vió como la luz de turno se enrojecía. Un auto plateado con vidrios nocturnos se detenía. Con paso decidido se acercó y tocando con delicadeza la ventanilla esperó que el vidrio bajase para ofrecer sus chicles al apuesto conductor. A medida que el vidrio bajaba ella reconoció la cicatriz en la ceja izquierda: la misma que le mostró el Albertito cuando estaba en la escuela; todavía no era cicatriz, era una herida que uno de sus amiguitos le provocó con un lanzamiento de tres puntos y la piedra dejó el rastro. Albertito había llegado esa tarde a la casa con sus pantaloncitos cortos, su camisita a cuadros y sus botitas desamarradas. Con la furia en la sangre, le prometió a su mamita que se vengaría. 'Tontuelo', le dijo ella.

La ventanilla seguía bajando. El apuesto conductor tenía un mentón firme; un mentón como el de su padre; un padre que le arrebataron las balas.
La vieja Teresa contemplaba con nostalgia al conductor y cuando él levantó la mirada al instante reconoció esos ojos ausentes: como dos canoas que se pierden en la mar. Dos canoas que le humedecieron los suyos, pues las arrugas cuarteaban el rostro jovial, las canas eran arte de las pinceladas de los años y ella, con la emoción a flor de piel, le ofreció los chicles.
Él, después de escuchar las estruendosas bocinas de los automóviles que esperaban continuar su camino, después de ver la luz verde y después de ver su fino reloj, pisó el acelerador y se perdió en la polución citadina.

En la noche, de regreso a casa, la vieja Teresa había terminado el día con el dinero necesario para un café y un pan. La esperanza de despetar con vida el día siguiente se lo traería el descanso. Sin embargo, en la entrada de su casa estaba estacionado el lujoso auto plateado. Ella se detuvo. De una de las puertas se bajó con destreza un chiquillo, con pantaloncitos cortos, camisita a cuadros y botitas desamarradas, y con los brazos abiertos se refugió en los de la vieja Teresa.
Ella podía sentir el palpitar del corazón del niño, rápido y fuerte.
El niño podía sentir que el corazón de la vieja Teresa palpitaba cada vez más lento.

Bienvenidos a mi blog

Saludos, visitante. En mi blog encontrarán cuentos,poemas, especulaciones, crónicas, artículos de opinión, mi trayectoria como Narrador Oral, videos y una que otra cosa digna de anticuario. Estaré atento a sus comentarios. Buen viento y buena Mar. Víctor Andrés Zaraza Méndez. vitomania04@hotmail.com